Una reflexión desde la investigación y la toma de decisiones públicas
A lo largo de mi vida como científico he visto repetirse una expectativa que, aunque comprensible, no es realista. Se espera que la ciencia garantice seguridad absoluta, que ofrezca soluciones sin ningún margen de riesgo y que anticipe todos los escenarios posibles. Esta idea, sin embargo, no se corresponde con la forma en que funciona el conocimiento científico ni con la manera en que se toman decisiones responsables en sociedades complejas.
Desde la biología molecular y la bioquímica, el riesgo no es algo que se elimine por completo. Es algo que se identifica, se mide, se compara y se gestiona. Pretender riesgo cero no solo es imposible, sino que puede conducir a decisiones equivocadas que paralizan el avance del conocimiento y limitan la capacidad de resolver problemas reales.
Cómo entiende la ciencia el concepto de riesgo
En investigación científica, el riesgo no se define como la mera posibilidad de que algo ocurra, sino como la probabilidad de un efecto adverso en relación con un beneficio esperado. Este enfoque está presente en todas las áreas del conocimiento, desde la medicina hasta la ingeniería.
En el laboratorio, cada procedimiento implica márgenes de incertidumbre. Los experimentos se diseñan precisamente para reducir esa incertidumbre, no para negarla. La ciencia avanza aceptando que el conocimiento es siempre provisional y que las conclusiones se fortalecen con evidencia acumulada, no con certezas absolutas.
Incertidumbre y progreso científico
Gran parte de los avances científicos que hoy damos por sentados surgieron en contextos donde no existía certeza total. La investigación se construye a partir de hipótesis que se ponen a prueba, se corrigen o se descartan. Ese proceso implica asumir riesgos controlados.
A lo largo de los años he aprendido que eliminar toda posibilidad de error equivale, en la práctica, a impedir el progreso. La innovación responsable no consiste en negar la incertidumbre, sino en reconocerla y reducirla mediante métodos rigurosos, revisión constante y transparencia en los resultados.
Riesgo percibido y riesgo real
Uno de los mayores desafíos en la relación entre ciencia y sociedad es la diferencia entre riesgo percibido y riesgo real. El primero suele amplificarse cuando una tecnología es nueva o poco comprendida. El segundo se basa en datos, estudios comparativos y seguimiento en el tiempo.
He observado que, en muchos casos, se toman decisiones públicas basadas más en el temor a escenarios extremos que en la evaluación de probabilidades reales. Este enfoque no elimina los riesgos, pero sí puede impedir la adopción de soluciones que ofrecen beneficios claros frente a problemas urgentes.
Ciencia, regulación y responsabilidad
La regulación moderna se basa en el principio de gestión del riesgo, no en la eliminación absoluta del mismo. En ciencia y tecnología, regular significa establecer límites, protocolos y mecanismos de supervisión que reduzcan la probabilidad de daño a niveles aceptables.
Desde mi experiencia, las mejores decisiones no son aquellas que prometen seguridad total, sino las que reconocen los márgenes de incertidumbre y actúan con prudencia informada. La ciencia aporta datos y escenarios. La responsabilidad pública consiste en usarlos de manera proporcional y racional.
Decidir con evidencia, no con miedo
Aceptar que el riesgo cero no existe no implica resignarse al peligro. Implica entender que el conocimiento científico permite comparar opciones, evaluar consecuencias y elegir el camino que ofrece mayor beneficio con menor riesgo posible.
Como investigador, considero fundamental que el debate público incorpore esta mirada. Exigir certezas absolutas a la ciencia es desconocer su naturaleza. Utilizar la evidencia disponible para tomar decisiones responsables es, en cambio, una forma madura de proteger a la sociedad y de avanzar con prudencia hacia el futuro.